sábado, 13 de diciembre de 2008

Mi confrontación con la docencia

En un primer intento de confrontar mi docencia, recordé que desde niña, tenía claras dos cosas: ser maestra y ser química.
Siendo estudiante de la carrera de química me ofrecieron clases en un colegio caro, más fácil hubiera sido trabajar en una jaula de leones. El grupo estaba formado por un colectivo de jovencitas mimadas y caprichosas que aterrorizaban a la jovencita que debutaba como maestra, sin preparación y sin pleno dominio de la materia de álgebra que le tocó impartir.
En 1974, a los 26 años, ingresé con bríos redomados al Cbtis 40 de Guaymas, Sonora en calidad de laboratorista de Química y Física. Mi sueño era parcialmente cumplido, medio maestro y medio químico.
En esa época pensaba como hoy, el asumir la profesión docente requiere una gran responsabilidad porque implica trabajar con la mente y el alma de los aprendices, intervenir en sus procesos mentales, redireccionarlos, estructurarlos, construir conceptos, apoyar y motivar la generación de ideas, influir en su conducta, reformar su moral, educarlos en libertad, inculcarles la defensa de sus derechos y la conservación de la dignidad, no es tarea fácil, pero si, muy gratificante.
Mis sentimientos no han cambiado. En lo personal siento que los maestros somos como vampiros que se nutren y se fortalecen al contacto de la juventud de sus alumnos; siento que cada una de mis canas se justifica en las noches de desvelo ocupadas en revisar trabajos y tareas; como mujer y madre siento y gozo el privilegio de una maternidad repetida una y mil veces en cada ciclo que se renueva. Siento la vivencia que experimentan los camaleones en sus metamorfosis al reinventarme constantemente en cada grupo, en cada ciclo, en cada currícula. Siento un cúmulo de sensaciones: ira, impaciencia, ternura cuando sus caritas confusas denotan el consabido, profesor, no entiendo. En suma, los maestros, somos esos seres privilegiados que a veces se mueren de la risa y otras se doctoran al dolor.
El significado de ser docente en la educación media superior puede traer múltiples connotaciones ya que esta figura es como el prisma que al incidirle un rayo de luz, se refleja en rayos de muy diversos colores al pasar a través de él.
Por experiencia propia sé que el ser maestro significa enseñanza, pero también aprendizaje, ser un hacedor de sueños, un forjador de mentes y de seres pensantes. Significa también sacrificio, desvelos, alegrías y depresiones. Es un pensar y sentir, un sentir y pensar constante.
Asumo que somos seres humanos pensados laboralmente hacia planos superiores que implica crecer en el amor a los semejantes, a la humanidad misma. Esto nos debe llenar de satisfacción como cuando el muchacho nos agradece lo que aprendió. Orgullo y satisfacción que se siente al compartir un éxito de un concurso estudiantil o al recibir una distinción por parte de los alumnos.
Sin embargo, no sólo de flores está lleno el camino; como es natural, las flores también tienen espinas. A veces la frustración llega cuando no logro mis metas, tal vez por mi escasa preparación o mi pobreza de espíritu o tal vez por no haber planeado correctamente mi asignatura.
Cada semestre despido alumnos que fracasan en el estudio, y asumo que yo también fracaso. No pude con ellos, no tuve la fuerza y el conocimiento para atraerlos al éxito. Aquí no se vale adjudicar la culpa al sistema, la institución, los padres de familia, la sociedad o el entorno familiar. Tal vez todo se conjugue pero que triste es tachar un alumno de la lista de asistencia ¿Pero quién nos tacha a nosotros los profes?
Aquí resalta un motivo de insatisfacción en mi trabajo al escuchar compañeros que expresan su alegría al ver marchar a los alumnos en baja, es que era muy tonto, no entendía nada, que bueno que se fue, que queden los mejores.

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